
En un lugar real pero ajeno a lo mundano, existió un lirio que hacía brotar su perfume entre las diáfanas caricias del viento, su aroma natural y seductor creaba una atmósfera subliminal en un terrenal paisaje, natura lo acompañaba, el cielo le lanzaba inmensos destellos de oro y se mantenía intacto como un alma con los ojos cerrados. Su presencia representó al amor, su esencia era misterio; esperaba la apasionada caída de la lluvia en las tardes grises de agosto y se embellecía en primavera. El ruiseñor sintió su perfume y aprendió su exquisito canto dejándolo oír en derredor; se sentía la presencia delirante y despreocupada de Dios, la búsqueda suprema de la existencia, en ese espacio edénico que los corazones con sus ojos cerrados en el mundo desconocen, virginal y delicado como la espuma que fenece en la hermosa costa al orilla de la mar. El lirio era centro del paisaje, en su entorno brotaban las demás bellezas naturales, posaba paciente como las obras de arte, su magnificencia se reducía en su sencillez misma, creada por Dios, por el más grande e insuperable artista, hipnotizaba, endulzaba, enamoraba, haría sentir feliz al más escéptico.
En un lugar cercano había una fuente, de aguas cristalinas, de inquieto recorrido, esencial, aventurera, desbordante; gustaba acariciar las faldas de la montaña con su húmeda caída, enverdecía lo que tocaba, dándole colorido y vida. En ocasiones sus aguas llegaban a ríos de lejanos recorridos, a veces calmaba la sed del pastor y sus ovejas, sujetaba con sus circulantes manos el cuerpo de los cisnes cuando desembocaba en una fascinante laguna, natura la acompañaba. La fuente representaba el basamento de la creación, los colores de la paleta donde ese pincel tocado por Dios daba belleza al entorno, ése que buscarían años después los poetas y descifrarían los geniales pintores. La fuente gustaba de los hermosos paisajes, del canto de las aves y de las caricias del viento; fueron cómplices, su presencia surgía por la voluntad de creador y su amor a la naturaleza.
Se cuenta que en esos tiempos, el lirio se enamoró con la pasional visita de la fuente que acarició sus raíces, a tal punto que su belleza empezó a depender de ésta y su perfume se desprendía con mayor seducción en su contacto con la misma. La fuente encontraría un verdadero sentido a su existencia y a su caída misma, enamorándose eternamente del lirio, que empezó a existir con sus húmedas caricias, y lo hicieron, por la naturaleza misma que los había creado, en complicidad con Dios, para subsistir por siglos y ser parte del relato de un soñador enamorado, que con su amada confundiría a estos naturales personajes y les atribuiría identificación mutua entre ellos.
Creo que me entiendes, tú eres la amada y yo el soñador, tú eres el lirio y yo soy la fuente, es por eso que ansío que siempre me embriagues con tu perfume, es por eso que para existir solo necesito que me dejes en ti caer.