3.2.12

LA SOMBRA DEL MEDIODIA


Amo los versos que me desnudan
la esperanza de los sueños, los largos besos
las rosas de tus manos, la luz de tu piel
la simétrica estatua de tus piernas gemela.

Mi agrio vino es dulce en tus labios
y la lámpara de mi alma sonroja tus pupilas.
me gusta amanecer con el alma húmeda
con la melancolía del mar lejano
¿Acaso eres un puerto?
¿o estoy aquí porque te amo?.

No me gusta el olor de las casas solas
donde en algunas noches habitan huéspedes ebrios
donde hay ausencia de flores
las tierras de cadáveres frescos
de muertos vivos con el alma fría
donde el grito de la lluvia
se ahoga en los pinos de hojas de alambre
no me gusta mirar atrás, vestirme de sal
ni las campanas roncas, ni los espejos viejos
ni el olvido que reside en el olvido
con el nombre olvidado
con el silencio furtivo,
con las piedras del camino.
No me gustan, pero es parte del equilibrio.

Por eso déjame atraparte
en la red de mi música
como mi canción predilecta
y saca de mi interior de guitarra
ese sonido muerto, inmóvil, olvidado
acaricia y despierta al ángel invariable
ése, que habita en mi alma.
Encuentra en mis frases de entonces
las espadas, la sombra del mediodía, las intenciones
y dame un beso fijo, como el comienzo del otoño
que los muelles son tristes cuando oscurece la tarde
tarde de días iguales que nos persiguen
ocultando con sigilo la luna de las noches
y la luz de aurora sobre tu frente de acero
con mi manos en tus pechos de pan
con tus pies de riqueza,
en los caminos y los días que debemos caminar.