11.8.11

LA VOZ DE DIOS


...al final no escuché la voz de Dios
pero sé que en su mejor acto de misericordia hacia mi,
de su boca salió el soplido que creó el viento
que arrastró mi balsa hasta tu puerto.

El sol es ardiente y la inmensidad de la mar dibuja el entorno de un náufrago, perdido, desolado, sin esperanzas ya, fortaleciéndose en su desolada existencia -poética, real, malvada- su memoria subsiste entre la penuria, su balsa -fiel compañera- tan improvisada e irreverente como lo era su vida, no es más que una valija que cayó del inmenso barco que entre la tempestad lo hiciese sucumbir en ese mar en el cual estaba solo:
- mierda, este sol tirano e inclemente quiere destrozar mi piel, ¿Será este mi final?, ¿Será que ese barco no volverá -habrán vivido ellos también-?, es tanta mi sed y mi ansia, son tres días ya, nunca pensé que una tarde durase cincuenta horas como la de ayer, me cansé de remar, se que allá donde se oculta el sol hay un lugar al cual llegar, sin embargo, me cansé de remar, y ahora el viento me lleva a otra dirección y no al ocaso, -quizás esta experiencia en realidad me haya ayudado a dejar ese afán de ir contra corriente, y por primera vez deje que algo ajeno y tan propio como el viento guíe mi destino- Céfiro peina mis cabellos tan duros como alambres, tan secos como el corazón de alguien a quien amé algún día y que quedó en aquél barco que no volveré a ver.



Llega la noche, con su manto de estrellas, con su perfume pasional, con la luz tenue de una luna que acaricia la piel maltratada del náufrago, sin duda alguna una esperanza, una forma de hacerle entender que naturalmente las cosas cambian, siempre cambian:
- ¡Que maravilloso espectro!, Dios háblame, quita esa manta que de tanta lujuria, crueldad y mundanismo, todos los hombres te hemos puesto enmudeciendo tu delirio, Dios háblame, necesito saber que no estoy solo, puesto que el momento de morir ya pasó y la deriva es solo un recorrido hacia algún lugar -quiero creer en eso, me asgo a creerlo-.
El aprendizaje en este naufragio es evidente ¿en qué momento empezamos a morir y dejamos de vivir?, no olvidemos que hay quienes ya están muertos, sus almas ya lo están, ya que para vivir necesitas fe, esperanza, sueños, anhelos e ilusiones y malditos aquellos que pregonan de vivos sin tener esos elementos.

Amanece en el lugar más solitario del mundo, en alta mar se escucha la voz de un náufrago que canta una canción que habla del ayer y de sus ojos salen las últimas lágrimas que habrán de perderse en ese lugar:
- ¡Tiburones! siempre me rodean a esta hora, ¿Habrán percibido ya mi llagas?, total esto no me asusta tanto ya que se parece muchísimo al lugar de donde vengo, los depredadores te hostigan, haciendo sentir su presencia, creen dominar su hábitat y no se dan cuenta que su rutina es miserable. ¡Demonios! es demasiada coincidencia, -devorar a alguien, que curiosa naturaleza-, ¡oh! olvidaba la canción, olvidaba cantar, desde niño aprendería que una canción te llevaba a otro lugar, que el sentirla te hacía diferente y afortunado, te llena de dicha, "es disparar contra el olvido" dijo un poeta.

El sol nuevamente protagonista, haría que el náufrago y el narrador perdiéramos la noción del tiempo en esta historia ¿Cuántos días más pasaron, hasta que éste quedara inconsciente?, en esa parte final del trayecto solo lo acompañarían sus sueños, el viento guía y el Dios por el cual en algún momento clamó: De pronto ya no siento el sol, -no sé si es de noche o es de día-, se que existo, escucho un sonido diferente, las aguas llegan a un fin y la valija ancla estrepitosamente -en una maravillosa isla-, mi cuerpo llega a una costa y me visto de arena, siento unas manos en mi rostro, que me acaricia como alguien que me esperaba, abro los ojos y comprendo el porqué no morí, sabría que llegaría el maravilloso día, pero nunca imaginé que solo después de un naufragio yo a ti te encontraría. Estás ante mi y no imagino mejor desenlace, lo demás no tiene importancia mi verdadera historia aquí empieza, contigo: al final no escuché la voz de Dios pero sé que en su mejor acto de misericordia hacia mi, de su boca salió el soplido que creó el viento que arrastró mi balsa hasta tu puerto.